Wednesday, November 1, 2017

LA MUERTE DE FIDEL CASTRO. Primera parte. Fragmento de la novela Los Dioses también ríen Orlando Vicente Álvarez

   LA MUERTE DE FIDEL CASTRO.  Primera parte.
  Fragmento de la novela Los Dioses también ríen
   Orlando Vicente Álvarez   


   En Cuba la dictadura castrista arrasó con todo. Primero  exilió a los Reyes Magos, la Navidad –eran tan lindas con todo eso de los camellos trayendo regalos, los villancicos y los caramelos que aún les echamos de menos- y a casi todos los curas. Ni los Mormones- que parecen estar en todas partes- pudieron penetrar aquella muralla de ateísmo instituido por el estado. Las iglesias parecían centros de reuniones de ancianos que ya no podían emigrar y se consolaban con sus rosarios
   Castro adoraba los  cohetes- tenía un juego en miniatura y soñaba con lanzarlos a todo país que no fuera como él quería. Hasta le pidió a la Unión Soviética un regalo especial: todo un arsenal de armas atómicas capaces de quemarle el culo hasta los aleutianos de Alaska, furioso el tipo, Ahh. Pero Kennedy y Kruchov llegaron a un acuerdo y retiraron las bombas nucleares, para decepción de Castro que las quería cerquitas, bien cerquitas.
   Y empezó el Comunismo y solo quedaron las misas o Bembés, y Changó, Ochun y todos los  Orichas juntos. Al lado de mi casa vivían unos blancos- todavía nos llamábamos entre nos gusanos blancos, no por el color de la piel sino porque  le temíamos al comunismo. Cuando yo escuchaba  el toque  de los bongóes me deslizaba por la terraza de nuestro garaje para presenciar de primera mano algún exorcismo o una limpieza de cuerpo entero que  se hacía a golpes de gajos y  resoplando alcohol y tabaco por la sacerdotisa- que era una vieja blanca experta  en invocar toda una  cohorte de demonios a los cuales yo les pedía que no me hicieran daño ni a mí ni a mi familia.

   Después la hija mayor, la nieta de la Babalao, se enamoró de un oficial del Ministerio del Interior, entonces  se convirtieron en gusanos verde olivo y clausuraron el bembé que amenizaba nuestras noches de aburrimiento y llenaba nuestros  sueños de demonios de toda índole. Hasta ahí duro la amistad entre las dos familias: los gusanos blancos, nosotros, que esperábamos emigrar y los gusanos verde olivo, porque comunistas no eran, simple apariencia. Al punto estaban nuestras relaciones que unas matas de jugosos mangos y  de tiernos anones manteca de su patio se desperdigaba por la azotea  de nuestro garaje y nosotros, temblando de tentación, no nos atrevíamos tocarlos. Esfuerzo de niños ingenuos hasta que la política que implantó Castro nos dividió.

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